lunes, 29 de mayo de 2017

La muerte de Alberto "el Chino" Carías Pedraza: ¿Que sentir cuando muere alguien que intentaba matarte?


Yo no puedo saber lo que sintió Salman Rusdhie cuando se enteró de que el Ayatola Jomeini, que había puesto precio a su cabeza, había muerto...  

¿Alivio? No lo creo. Ya qué siempre ha sabido que otros tomarían el relevo y la amenaza continúa.
 
Pero Rusdhie nunca convivió con Jomeini.

Quizás esa sea la razón de este sabor amargo en la boca, y de esta confusa tristeza...
Ayer, 28 de mayo, falleció en Caracas Alberto Carías Pedraza, "el Chino", uno de los personajes centrales de "El Palestino" y "Los hombres que susurran a las máquinas".
 
Antes que él fueron muriendo otros: Omar Medina, Eduardo Rozsa, el Coronal Afanador, el Comandante Gato... todos de muerte violenta. Pero el Chino falleció en la cama de un hospital.
 
La oposición venezolana lo celebra:"murió en el quirófano de un hospital de Caracas por una complicacion de la vesicula mientras lo operaban, no pudo resistir una intervención que se hizo sin recursos debido a la crisis hospitalaria, lo ha devorado la revolución, justicia poetica podrias decir!". Yo no puedo celebrarlo. No siento alegría, ni alivio... más bien una extraña tristeza.

Durante la investigación de "El Palestino", viví todo tipo de situaciones con el Chino. Desde Venezuela hasta Suecia... Me aceptó como un miembro más del Movimiento Revolucionario Tupac Amarú -Capítulo de Venezuela- que él lideraba, y fue un aval, dada su estrecha relación con Ilich Ramírez Sánchez -Carlos El Chacal-, que contribuyó a cimentar mi relación con el terrorista más sanguinario y famoso del siglo XX: Chacal.
 
El Chino me protegió cuando otro grupo armado bolivariano intentó secuestrarme en Maiquetía; me defendió cuando la policía venezolana estuvo a punto de detenerme, y hasta en dos ocasiones me introdujo en "el helicoide": la sede de la temible DISIP... Sin embargo cuando se publicó mi libro, que estoy seguro nunca llegó a leer, me condenó a muerte.
 
        
No era una condena retórica. Durante años Carías me buscó intensamente. Y cuando varios miembros de su organización viajaron a España, camino de París para asistir a enésimo juicio de el Chacal, removieron cielo y tierra para encontrarme.
 
Al menos en una ocasión escribió a Carlos el Chacal para anunciar que ya me tenían localizado, pero se equivocaba. Obviamente, y a pesar de su frustración, no conocían mi identidad real, así que, ante los medios que lo entrevistaban frecuentemente Carías siempre optó por atribuirme todo tipo de identidades que pudiesen justificar lo injustificable: que si era un agente de la CIA, que si un operativo del MOSAD, que si un policía español a sueldo de la oposición antichavista...

 No es el único que intentaba matarme. Ni el más peligroso. Otros, antes que él, me conderaron a muerte e incluso llegarón a confesarme como habían intentado ejecutar esa condena, por el único delito de ejercer el periodismo: (http://loshombresquesusurranalasmaquinas.blogspot.com.es/2015/09/entrevista-mi-asesino.html)

Pero el odio no es reciproco. Al contrario. Hoy solo puedo desear que haya encontrado la paz que nunca tuvo en una vida llena de violencia. Y recordarlo como lo recordaba en 2010, cuando escribía sobre él, con toda la objetividad de que era capaz, antes de que llegase su condena a muerte:


(Tomado de "El Palestino"): "Uno de los líderes más conocidos del 23 de Enero, aunque no vive en la parroquia, es el tupamaro Alberto Carías Pedraza, alias Comandante Chino. Confieso que en cuanto me lo presentaron, sus pequeños ojos negros, sus manos grandes y fuertes y un número 666, el símbolo del diablo, tatuado en su cuello no me dieron muy buena espina. Sin embargo, yo debí de caerle simpático, porque desde el primer día Comandante Chino se convirtió en mi «padrino», mi camarada y mi protector en Caracas.

El Chino es un tipo peligroso. No tiene miedo a morir, pero lo malo es que tampoco tiene miedo a matar. Cuando estreché su mano por primera vez, una mano acostumbrada a empuñar un fusil, tenía cincuenta y un años, de los cuales había pasado casi cuarenta en la lucha armada. Espaldas anchas, fuertes, pero también llenas de cicatrices por la lucha en las montañas de media Venezuela, Nicaragua, El Salvador, etcétera, y por las torturas en las cárceles de la policía venezolana, anterior al triunfo de Chávez.

La experiencia del Chino en los calabozos de la DISIP o de la PJ podría dar para más de un guión cinematográfico. Lo han sometido a electroshock, le han congelado el cuerpo, le arrancaron las uñas... incluso le rompieron la rodilla con la culata de un fusil, en sus tiempos de rebelde estudiante universitario. Una lesión que le pasaría factura años después, teniendo que solicitar al FUS los fondos para operársela.

El Chino se bautizó en la lucha armada a los doce años, y desde entonces no paró: «Me crió mi abuela, que ya venía del Partido Comunista de Venezuela. Ella creó las primeras células de la guerrilla urbana en Caracas. Mi abuela, la madre de la mujer de mi padre, me fue inculcando amor hacia el pueblo, la solidaridad, el ser un hombre noble, honesto, y sobre todo trabajador. Trabajo desde que tenía dieciséis años. A los doce años, un primo mío se incorpora a Bandera Roja, en ese momento un partido en armas, que enfrenta las políticas hambriadoras de los gobiernos de turno. Y ese carajo me incorpora justo cuando matan a Tito González Heredia, un guerrillero legendario venezolano, que fundó Bandera Roja... Justo en ese momento me incorporan y me plantean que había una actividad que no podían hacer ellos. Tenía que ser un niño porque había que entrar por un lugar pequeño. Había que poner una bomba en una iglesia católica, en el centro de la ciudad. Me dan el explosivo, y claro, inexperto, lo coloqué mal y la bomba estalló antes de tiempo. Me aturdió y fui capturado. Me agarró la Policía Metropolitana, de allí me pasaron a la DISIP y duré ocho días en los calabozos...»

Cuando conocí al Chino en 2006, era el director nacional de ideología del Movimiento Túpac Amaru en Venezuela y responsable de su aparato militar. Pero al mismo tiempo, y esto fue lo que me asombró más, era el subsecretario de Seguridad Ciudadana de Caracas. De hecho, de su mano yo visitaría dos veces el edificio de la DISIP, recibiría adiestramiento paramilitar, participaría en la grabación de comunicados «terroristas», y sería testigo de acontecimientos históricos, en primera persona. Pero aquel día estaba allí con mi cobertura de luchador social palestino, y colaborador de los medios árabe-venezolanos. Y el Chino Carías me adoptó como si fuese su hijo, y no tuvo problema en responder ante mi micrófono a todo lo que le preguntaba. Como corresponsal de los medios alternativos bolivarianos y árabe-venezolanos, se me consideraba un aliado. Esto es solo un resumen:

—La primera vez con doce años, pero no fue esa la única vez que te detuvieron...

—No, tengo como veintiséis entradas en los cuerpos represivos del estado. En la mayoría de ellas, no estaba involucrado en nada, sino que aquí antes te metían preso y luego «investigaban». Yo vivía en el 23 de Enero y si mataban a un policía, venían a por el Chino Carías. Yo salía de la cárcel, mataban a otro policía y ya me buscaban. O sea, fueron creando como un historial falso sobre mi actividad revolucionaria. Tengo ocho entradas por asesinatos de policías, de las cuales no he participado sino en una, por la cual duré dos años en el cuartel San Carlos. El resto han sido montajes. No tenían a quién meterle el expediente y me lo endosaban a mí.

Así, con toda la naturalidad del mundo, Alberto Carías acababa de reconocer que había participado en el asesinato de un policía venezolano... Más tarde me confesaría con la misma naturalidad su participación en otros ajusticiamientos, ya como líder tupamaro. De hecho los Tupamaros, como otros grupos armados bolivarianos, se ganaron el respeto del pueblo venezolano ejecutando sumariamente a sospechosos de narcotráfico, violaciones, etcétera, en barrios como el 23 de Enero. Justicia popular lo llamaban...

Torturado tanto en las celdas de la DISIP como de la DIM (Dirección de Inteligencia Militar), probablemente aquellos tormentos modelaron la personalidad del Carias adulto:

—... tienen un sillón, como este, donde tiene dos apoyabrazos. Te amarran los brazos, el cuerpo y los pies desnudos. Buscan dos cables y los pegan a un teléfono que es una bobina, y cada número que marcan te pega una descarga eléctrica. Entonces te la ponen en la lengua, en los testículos, en los dedos de los pies. Luego de eso, en esa misma silla, te sacan las uñas con unos alicates... Lo viví yo. A mí me sacaron las uñas del pie, sentado así. El capitán Viloria me dio con una mandarria (martillo) y me fracturó dos dedos. Y me jodió hasta el médico que me atendió, porque allí, en plena sala de tortura a mí me da un preinfarto. Yo acababa de cumplir dieciocho años, pero ya los tipos me tenían enfilado. Y cuando me sacaron las uñas me llevan al hospital militar y el médico me pregunta que quién me torturó de esa manera, yo le digo que el capitán Viloria y el carajo me partió la nariz y me dijo: «Yo también soy militar, tú no puedes decir eso.» Y me presentaron a la prensa, con los dedos enyesados, la nariz enyesada y la cara destrozada...

¿Y así empezó tu carrera en la guerrilla?

—A raíz de ahí nosotros nos levantamos en armas contra la política de turno. Política que tenía como objetivo llenar de hambre, de miseria, de represión a este pueblo. A un pueblo indígena. Eran los mismos que quisieron callar a Guaicaipuro, al indio Tequendama, a los indígenas originarios que se levantaron contra el imperio español en su momento. Nosotros nos alzamos en armas contra ese gobierno que era financiado y dirigido por el imperialismo norteamericano. Inicialmente comenzamos la lucha urbana aquí en Caracas. Luego estuvimos en el interior del país, donde fundamos el Frente Guerrillero Américo Silva, con alguno de los cargos claves dentro del proceso revolucionario actual, como Juan Barreto o el diputado Brito, con quienes viajamos a Centroamérica, en solidaridad con esos pueblos hermanos, a Nicaragua, El Salvador... dando apoyo a Radio Rebelde, que se transmitía desde las montañas de Tegucigalpa, mientras el imperialismo bombardeaba las antenas de esa radio. Y dos días después nosotros las estábamos instalando. Han sido cuarenta años largos de lucha, donde uno ha sido torturado, vejado...

¿Y cómo pasas de las guerrilla de Centroamérica a la Revolución Bolivariana en Venezuela?

—En el año 85 contactamos con unos militares venezolanos, que habían despertado ante tanta miseria, ante tanta represión, torturas, asesinatos, desapariciones... Y estos militares nos informan a nosotros de que hay una rebelión interna en las fuerzas armadas, y que ellos crearon el movimiento bolivariano MBR200, y que se hacía necesaria una alianza entre los militares y nosotros los civiles alzados en armas. Se comienza a planificar la insurgencia cívico-militar del año 92. A mí me contacta el teniente Lucho, el teniente Gato, que Dios lo debe de tener entre sus brazos, porque murió en combate, en el 92. Aquello no fue una intentona de golpe, eso es mentira. Nosotros simplemente asumimos la Constitución, asumimos la defensa de la Patria, la República. Insurgimos, como un solo ejército, como un solo pueblo cívico-militar, para derrotar al partidismo, la burocracia, las desapariciones y los asesinatos. Insurgimos en función de eso. Para enfrentar al enemigo histórico del pueblo venezolano.

Tras su paso por Bandera Roja llegó el momento de fundar los Tupamaros...

—Salí de Bandera Roja porque empezaba a dar un giro hacia la derecha, a vincularse con los enemigos del pueblo, con AD, Copei, los que nos torturaron, los que mataron a los fundadores de Bandera Roja, a Tito González Heredia, a Américo Silva, a Jorge Rodríguez, a Jesús Márquez Finol (Motilón), héroes revolucionarios. En 1982 nosotros nos retiramos de Bandera Roja y creamos el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Nos alzamos en armas contra esos gobiernos de turno, y comenzamos un proceso de saneamiento social. De ejecutar, mediante operaciones encubiertas, a narcotraficantes, a violadores, asesinos de niños y ancianas... Esos sujetos, mal vivientes, eran ejecutados por el Movimiento Tupamaro. Luego, en el año 2004, se hace un pleno nacional para legalizarnos, porque ya no había la necesidad de mantenerse en la clandestinidad, pero con la condición de que no se iban a entregar las armas, que quedarían en poder nuestro. Y yo, como director nacional de ideología, legalizo el movimiento como partido político electoral. Pero ocurre lo mismo que cuando legalizamos el partido y te abres: llegan los aventureros para intentar tomar posiciones dentro del partido, como una franquicia, para vender el nombre. Y por eso el año pasado, un grupo de combatientes decidimos separarnos del partido político electorero, y recuperar el nombre que tenemos en Perú, Uruguay, Argentina, etcétera. El Movimiento Túpac Amaru MRTA, del cual yo soy secretario general y en este momento responsable del aparato militar.

Una de las cosas más extraordinarias del Chino, es que ha estado metido en todos los conflictos armados, broncas y kilombos que se hayan podido producir en Venezuela durante el último medio siglo. Y en todos ha tenido un papel protagonista. Incluyendo el golpe de estado contra Chávez el 11 de abril de 2002. Ese día los movimientos armados bolivarianos sacaron sus armas y sus máscaras a la calle, para recuperar a plomo los edificios oficiales tomados por los golpistas. Paradójicamente, Carías recuperó la DISIP donde había sido torturado tantas veces:

—... me llama un compañero y me dice que la DISIP estaba tomada por un grupo de golpistas, que necesitan veinte combatientes, y yo le digo que nosotros, el Movimiento Túpac Amaru, no tenemos veinte, pero que no se trata de cantidad sino de calidad de los hombres, y le decimos que le podemos dar diez combatientes. Efectivamente avanzamos al edificio de la DISIP y tardamos como cinco horas, a sangre y fuego, en recuperar la DISIP, desde Prevención Uno, hasta la Dirección General, que queda en la cúpula. Aclararemos que antes la DISIP fue el órgano más represor, pero ahorita la DISIP es un órgano de inteligencia del estado, no es una policía. Y está dirigido por revolucionarios...

Como ya dije, hasta en dos ocasiones, y de la mano de Comandante Chino, yo visitaría la dirección general de la DISIP, en la última planta del emblemático helicoide de Caracas, durante esta infiltración. La primera de ellas poco después de realizarse esta entrevista. A pocas semanas de las elecciones generales, la tensión se notaba en el ambiente. Chávez había sabido utilizar la nutrida historia de las ingerencias norteamericanas en América Latina para insuflar el temor a una permanente amenaza de invasión yanqui. Y el Chino Carías no tenía el menor pudor ni recato al advertir a los norteamericanos:

... hay que tener las armas pulidas y guardadas... y bien engrasadas. Nosotros, por ejemplo, le podemos decir al Imperio que no se equivoque con Venezuela. Aquí nosotros les vamos a dar la lucha cuerpo a cuerpo. En los caseríos, en los barrios, en los bloques, en las cloacas. Por donde intente penetrar el Imperio, ahí estarán los combatientes. Con sus armas, con su ideología, con su moral. Dispuestos a enfrentar esa cobardía invasora norteamericana. Y no solamente en Venezuela. Nosotros activaremos nuestras células y nuestros combatientes en todo el continente, y atacaremos objetivos militares y económicos del Imperio en América y en Europa. Nosotros no vamos a permitir que ellos vengan, penetren, violen la soberanía nacional y monten una dictadura burguesa en Venezuela. Patria o muerte. Evidentemente que necesario va a ser vencer. Ante eso, o hay patria para todos, o no habrá para ninguno porque esto va a arder como un polvorín. Y sobre las cenizas de ese polvorín construiremos una patria nueva para todos...".

Antonio Salas
 

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